Las cosas amantes

Las cosas amantes

Colgar, suspender, levar son verbos rancheros. En su camino hacia la ciudad el plano ¿qué fue primero, ¿la viga maestra o el nudo? , ¿tensar o apilar? Acaso la civilización comenzó cuando alguien unió las puntas de una hoja de palma y, al duplicar el gesto, y colgarla en la punta de un palo, creó el hatillo , mínimo figurado de lo propio, la transa y el viaje. En el rancho criollo la cuna suspendida en lo alto no es la razón práctica contra alimañas y sudestadas; ahí ya hay una composición que combina con la luz del agujero llamado puerta. En los tianguis populares el espacio mínimo ha cimentado una estética de la superposición en donde nada queda oculto al que mira buscando, entre lo que ve, lo que desea, del atado y el plegado funcionales pero donde siempre hay un exceso por el que se filtra la gratuidad del arte, la autoría anónima en una filigrana de soga que nadie pidió a nadie, en el barroco de un papel teñido y calado hasta parecer hecho de hilos; gastos que se fueron en vicio por una vocación de belleza, accesible aún a la mano de obra esclava y superpuesta a un aprovechamiento del lugar que convierte a cada encargado en un geómetra-ingeniero capaz de hacer entrar seis en donde cabían 2 y medio de lo que fuera (en el puzzle feriante no hay planos previos, los planos están en la mente, como el diseño del poncho en las de las viejas tejedoras mapuches que no teñían sus guardas en la prenda terminada sino en la hebra).

Las cosas amantes de Mariela Scafati citan esos saberes extraídos al trabajo manual comunitario pero que proyectan unos efectos inquietantes tras lo que, a los imbéciles, parece la propuesta de hacer paquete al paquete. Esas ropas afantasmadas –nada más tren fantasma que la ropa vacía del cuerpo que la usó (¿fue de un muerto, un desaparecido, un despojado?) ni más sobreactuado que las mangas flojas y su animismo de súplica o caída forense– que toman por asalto inocentes planos de rosas o marrones cuya restricción favorece los contactos impropios de la asociación libre : la pieza de pensión en donde las prendas se aman por falta de ropero y el campo de exterminio en donde lo que se suspende en el aire son los cuerpos a fin de descoyuntarlos y la ropa se ordena en Canadá (lugar de acopio y embalaje de los bienes NN). “Bondage” dice alocadamente Mariela y me señala tablones pintados e inmovilizados por sogas describiendo: “acá están los brazos” , allá “ella está acostada” . Entonces pienso, que es como si a los estibadores que caminan eternamente por una pasarela en los cuadros de Quinquela , precursores trágicos de la grúa. les hubieran crecido en sus espaldas dobladas por los bultos, magníficos camperones con tachas relampagueantes bajo el sol y sobres sus rostros sudorosos, máscara de Hannibal Lecter.

Esos caballetes sostenidos , asegurados por los bordes y la repetición de los ajustes en sus cuatros costados son también el continuum de la obra de arte que la convención quiere limitada a su exhibición. El embalaje, el viaje al museo o la colección privada , el rearmado in situ, la especificidad de ese sin situ , ya no son accesorios. El embalaje en Marcelo Pombo es de una artesanía precisa y pragmática que no implica ademanes ajenos a sus obras, cuando Jorge Gumier Maier , autor de obras realizadas con deshechos de la resaca cruza el río llevándolas hacia la galería aún con la pintura fresca y mediante la ayuda de sus amigos artistas tiene que empujar hacia arriba un puente para que pasen, está ya exponiendo su proyecto.

Ariadna Pastorini que ha pervertido hasta hacernos reír la naturaleza de cualquier cosa , inflando paisajes o mapas, fabricando achuras de lycra colgables, instituyendo sacrificios vinílicos con muebles de living tan deformes e inestables como la institución del matrimonio para la que han sido pensados, sigue en plan costurerita del horror y ahora muestra colgajos majestuosos –fantasmas o ectoplasmas de gasa, telas berretas pero que simbolizan el lujo según el fashion de los rollos del Once profundo, guardas industriales en donde la traducción económica lee organza o chinz –, una cortinería isabelina liberada de su soporte tradicional como si el elitista telón de teatro de la Opera de cualquier ciudad moderna declarara través de esas formas: “ya me he cerrado sobre Lear muerto con amorosos y rítmicos pliegues , he arrastrado mi costoso terciopelo sobre el suelo del teatro más comme il faut de los comme il faut y recibido a mis pies centenares de flores que las mayores divas preferían pisar a recoger , ahora quiero ser yo la obra y no el marco, yo la flor y no su piso , yo el centro y no el adorno y, en mi trascendente mutación, abdico del reaccionario material que habito para aspirar al brillo plebeyo de la fibra de nylon , a la invención ilimitada de los pliegues, a los abullonamientos y las caídas al servicio de nada –salón o ventana –, entregado a la infatigable locura de ser sólo forma , eso sí, magnífica”.

El título Las cosas amantes de Ariadna Pastorini y Mariela Scafati es menos un oxímoron animista –se puede amar a alguien como si fuera una cosa , puede haber para nosotros cosas amadas –que la voluntad de sacar a las cosas de su pasividad.

Las cosas de una y otra artista , en una metonimia de primeros auxilios se tocarían por la pollerita de Ariadna –lindo ropaje para una puesta de Piel de asno no tan literal, que importan las especies sino que a la ropa femenina , se le vea una cola lanuda – y la pollera de Mariela, como ultrajada contra un bastidor. El resto es una esquizo-tienda original atendida por sus dueñas, donde la pregunta que cabe es ¿por dónde se corta para comprar una obra?, un homenaje a la frase de Fogwill “L’arte eleva” o sea que viene de arriba.

Maria Moreno

Créditos

Mariela Scafati y Ariadna Pastorini

Isla Flotante - Don Pedro de Mendoza 1561, La Boca.